mágico

La historia del Lobo Feroz 9

PARTE IV

Sin embargo, el lobo feroz no entendía nada, la corriente del río, un poco fuerte allí, lo arrastró rio abajo a él y a las piedras de su estómago para escupirlo en un remanso poco profundo. Allí el lobo, tomo aire, pues casi se había ahogado y como iba muy mareado, le dieron ganas de vomitar y, una a una, vomitó todas las piedras, que la buena de mamá cabra le había metido en el estómago. Fue entonces cuando reparó en la enorme cicatriz de su vientre y viendo su reflejo en el río se entristeció mucho porque estaba lleno de cicatrices y moretones y su aspecto, lejos de ser feroz, era muy lastimero.

Entonces comenzó a aullar desconsolado pensando en que ya no le quedaba otra que volverse vegetariano o seguir comiendo carroña, cuando escucho, no lejos de allí unas ramitas partirse y unos llantos apagados, y su curiosidad pudo más que él, por lo que se acercó despacito para no ser visto ni oido a la fuente de los sonidos y en un claro del frondoso y tenebroso bosque vió un altar dónde habían colocado una urna de cristal, con una hermosísima muchachita dentro, de negros cabellos, piel blanquísima y labios del color de la sangre. Alrededor de la urna, siete enanitos lloraban desconsolados, mesandose los cabellos, y era tal la pena que tenían y era tal la pena que tenía el propio lobo, que comenzó a ahullar uniendose a los llantos de los enanos.

Y sucedió que al elevar su aullido al cielo, el lobo alcanzó a ver una sombra en el borde del claro, al otro lado de donde él se encontraba y, como ya no tenía nada que perder, muerto de hambre y harapiento como estaba, perdido su orgullo y compostura, hacia allá se fué el lobo suavecito, suavecito, porque el lobo pierde el rabo, pero no las mañas. Y he aquí que se encuentra siguiendo a una vieja zarrapastrosa, más fea que un cuerno, la cual porta una cesta de manzanas rojas y rie con salvajes y estridentes carcajadas. Sin pensarlo dos veces, a pesar de lo poco apetecible que parecía la vieja, sabiendo que no tendría mejor oportunidad que esta de hacer una comida caliente, se lanzo sobre ella abriendo sus enormes fauces y se la trago de un bocado. Acto seguido huyó de alli, no fuera a ser que los enanitos fueran por él y le obligaran a vomitar a la vieja, o peor aún, volvieran a abrirle la tripa y llenársela de piedras.

Ni que decir tiene que despues de esta comida, el lobo se sintió completamente empachado, pues se había comido nada más ni nada menos que a la malvada reina disfrazda de vieja, y dicen que todavía está haciendo la digestión junto al río, tumbado a los pies de un árbol.

FIN

La historia del Lobo Feroz 8

PARTE III.2

El pobre lobo feroz, que de feroz nada, sólo hambriento, aunque esta vez ya tenía el estómago lleno, no se enteró cuando la madre de los cabritos le rajo la barriga y estrajo uno a uno a sus seis hijos, ya que el septimo, al haberse escondido en el reloj de pared de la casa, se había salvado y contándoselo todo a su madre. Pero la buena cabra, no contenta con vaciar el estómago del lobo, quiso darle una lección y le llenó la tripa con enormes cantos rodados que sus hijitos recogieron a la orilla del río. Luego, le cosió la tripa al lobo y se escondió con sus hijos a observar que sucedía.

Y sucedió que el lobo se despertó con una sed atróz, porque si comes mucho te da sed, si encima son piedras, ni te cuento. Chasqueando su lengua reseca se levanto a duras penas pues la barriga le pesaba muchísimo, cosa que le extraño, pero a la que no dió importancia, recordemos que no se caracterizaba por su inteligencia, se inclinó sobre el rio para beber y el peso de las piedras tiró de él hacia el fondo.
Los cabritos y su madre salieron de su escondite alborozados gritando y cantando que se habían deshecho del malvado lobo feroz.

La historia del Lobo Feroz 7

PARTE III.1

Dió la casualidad que el camino hacia el pueblo cruzaba el río y allí vió, el lobo, no del todo mal observador, un molino y una granja de gallinas un poco más abajo. Pensó en atacar la granja, pero había demasiados humanos trabajando en ella, con lo que decidió seguir su camino, un poco apartado del camino, para no ser visto. Como se iba acercando al pueblo, el camino empezó a llenarse de gente y su instinto de supervivencia le insto a adentrarse en el bosque, no fuera que lo vieran y acabasen con el a palos.

Al entrar al bosque escuchó los balidos de unas cabras y, sigilosamente, se acercó a ver de donde procedían. Resultó que se encontró con una bonita casita, pequeñita y muy coqueta, con una vallita blanca, tan coqueta como la casita. Allí jugaban siete pequeños cabritos hasta que la madre, ataviada para ir al mercado los llamó y todos se metieron en la casa.
El lobo escuchó el rugir de su estómago y pensó que quizá allí estuviera su oportunidad de calmarlo. Así que, armándose de paciencia se dispuso a esperar acontecimientos. Y un rato despues, salió la cabra de la casa, cargada con una enorme cesta y, cerrarndo el cercado tras de si, saludó a sus hijos y se marchó camino del pueblo. El lobo decidió seguirla, pensando en atacarla antes de que alcanzara el camino, pero le pudo la gula recordando los pequeños y tiernos cabritillos, al punto de no darse cuenta de que la cabra alcanzaba el camino y que su oportunidad se esfumaba. En cierto modo se alegró porque a quién quería comerse realmente era a los vástagos de la cabra.
Volvió sobre sus pasos y, despues de saltar la valla llamó a la puerta.

– ¿Quién es? – preguntó una voz cabruna e infantil
– Soy yo, vuestra madre, que ya he vuelto del mercado – respondió el lobo voz cabruna, intentando imitar a la cabra.
– Nooo – gritaron los pequeños – , no, no, no, tu no eres nuestra madre, pues ella tiene una voz fina y clara. Tu eres el Lobo Feroz y nos quieres comer.

Entonces el lobo, sin perder más tiempo, corrió a la granja que había visto antes en el camino y, sigiloso y silencioso, como en su vida lo había sido, robo todos los huevos que encontró y, una vez, de vuelta en la espesura del bosque, se fue comiendo las claras una a una hasta que se le aclaró la voz. Entonces y, solo entonces, volvió a la casa de los cabritillos y volvió a llamar a la puerta.

– ¿Quién es? – volvieron a preguntar los pequeños
– Soy yo, vuestra madre, que ya he vuelto del mercado – respondió el lobo con la voz tan fina y clara que los pequeños lo creyeron.
– Si eres nuestra madre – contestaron, no obstante –, echa la patita por debajo de la puerta.

Y así lo hizo el lobo.

– Nooo – volvieron a gritar los pequeños – , no, no, no, tu no eres nuestra madre, pues ella tiene una patitas blancas como la harina y tu las tienes negras como el carbón. Tu eres el Lobo Feroz y nos quieres comer.

Rabioso, el lobo, se dirigió al molino y allí robo un saco de harina y, de vuelta en el bosque, hundió sus negras pezuñas en ella hasta volverlas completamente blancas y, una vez más, volvió a la casita de los pequeños y llamó a la puerta.

– ¿Quién es? – Preguntaron de nuevo los cabritos
– Soy yo, vuestra madre, que ya he vuelto del mercado – volvió a responder el lobo con su voz afinada por las claras.
– Si eres nuestra madre – insistieron nuevamente –, echa la patita por debajo de la puerta.

Y eso hizo el lobo y esta vez el engaño fué completo, los cabritos empezaron a saltar de alegría gritando “mamá, mamá ya ha vuelto, bien, bien, ¿que regalos nos traes? Hemos sido muy buenos”

Así que se abrió la puerta, el lobo se abalanzó sobre los pequeños y, con el hambre que tenía, se los comió de un solo bocado a cada uno, hasta que creyó que o quedaba ninguno y se fué, ahíto por primera vez en su vida, a descansar y a hacer la digestión a la sombra de un árbol a la orilla del río. Y se quedó profundamente dormido, ya que con semejante banquete que se había dado no le quedaban fuerzas más que para descansar.

La historia del Lobo Feroz 6

PARTE II.3

Así volvió a la casa de los cerditos y llamó a la puerta.

– Cerdito, cerdito pequeño – llamó sosegadamente – sal que te quiero mostrar una cosa.
– No me fio de ti, Lobo Feroz – Respondió el cerdito – . Dime que me quieres mostrar.
– Ya no como cerditos, ahora como sólo verduras y hortalizas – mintió con descaro – . He encontrado un huerto de patatas, las más grandes que has visto en tu vida, vayamos juntos y démonos un banquete.
– Vale – respondió el cerdito – iré contigo, dime donde es y a que hora quedamos.
– Quedemos mañana a las 4 junto al roble grande, allí está el huerto.

Y así el lobo se fue a dormir pensando en que al día siguiente daría cuenta del cerdito. Pero al día siguiente a las cuatro, el cerdito no apareció junto al roble grande, así que, el lobo, sospechando que ya estuviese en el campo devorando patatas, se apresuró a llegar al campo, mas allí sólo quedaban los hoyos que el cerdito pequeño hiciera para desenterrar las patatas. Disgustado y furioso, volvió a la casa del cerdito y volvió a llamarlo.

– Cerdito, cerdito pequeño, sal que te quiero mostrar una cosa.
– No me fio de ti, Lobo Feroz. Dime que me quieres mostrar.
– He encontrado un huerto de repollos, los más hermosos que has visto en tu vida, vayamos juntos y démonos un banquete.
– Vale – respondió el cerdito – iré contigo, dime donde es y a que hora quedamos.
Quedemos mañana a las 10 junto a la acacia del borde del camino, allí está el huerto.

Y el lobo se fue a dormir pensando que esta vez no se le escaparía el cerdito. Pero al día siguiente a las diez, el cerdito no apareció junto a la acacia al borde del camino, y, otra vez, el lobo sospechando que estaba allí sin él, corrió hasta el huerto de repollos, sólo para encontrar el campo desierto y los repollos comidos. Pero por fin se dió cuenta de que era el cerdito quién lo engañaba a él; seguro que el muy tramposo iba antes a comer y se aseguraba de irse mucho antes de que el llegara, así que esta vez sería el quien lo engañara.

Y otra vez volvió a la casa de los cerditos y llamó a la puerta.

– Cerdito, cerdito pequeño, sal que te quiero mostrar una cosa.
– No me fio de ti, Lobo Feroz. Dime que me quieres mostrar.
– He encontrado un campo de rábanos, los mejores que has visto en tu vida, vayamos juntos y démonos un banquete.
– Vale – respondió el cerdito – iré contigo, dime donde es y a que hora quedamos.
– Quedemos esta tarde a las 5 junto al huerto de patatas, allí, al lado está el campo.

Pero esta vez el lobo se adelantó al cerdito y estuvo allí a las 3, esperando al cerdito, y esperó por una hora, hasta que este apareció. Pero aún permaneció escondido hasta que el cerdito empezó a comer, y entonces se abalanzó sobre él.
El cerdito se llevó el susto de su vida, pero como era muy agil y estaba cubierto de lodo fresco, se le escurrió entre las garras al lobo y salió corriendo de vuelta a casa. El lobo le pisaba los talones, corriendo veloz, pues no estaba dispuesto a que se le volviera a escapar la comida, y en un último esfuerzo, consiguió agarrar al cerdito de la cola, justo cuando se metía en la casa.

– ¡Ya te tengo! – Gritó muy ufano.
Pero el cerdito era muy inteligente y muy rápido de pensamiento, así que le preguntó, inocente:
– ¿Estás seguro de que es mi rabo y no un rábano? – Pero el lobo, cogido por sorpresa, y recordemos que no tenía muchas luces, no respondió, pensando en si realmente había atrapado al cerdito o este le había vuelto a engañar. – ¿Estás seguro de que es mi rabo y no un rábano? – volvió a preguntar el cerdito.

Entonces, el lobo, solto el rabo para comprobarlo y el cerdito se metió en la casa dándole con la puerta en las narices.

El lobo frustrado, decidió bajar al pueblo y alejarse de los cerditos que eran demasiado listos para él, y con su oreja cortada y el rabo pelado, marchó camino del pueblo.

La Historia del Lobo Feroz 5

PARTE II.2

El lobo, maldijo su mala suerte y su falta de reflejos, por consentir que el cerdito se escapase y, sin perder más tiempo, corrió trás él. Mas el cerdito y su hermano ya se habían encerrado en una casita de madera precariamente construida.

El lobo llamó a la puerta.

– ¡Cerditos, cerditos! – Bramó el lobo – ¡Ábridme la puerta!
– ¡No, que nos comerás! -contestaron los cerditos.
– Pues si no me abriis, soplaré y soplaré y ¡vuestra casita derribaré! – Anunció con voz de trueno.
– Sopla todo lo que quieras – Se burló uno de los cerdos –. Mi casa es de madera, no es de paja como la de mi hermano, no podrás tirarla a soplidos.
– Muy bien – respondió el lobo – os quedaréis sin casa.

Y el lobo sopló y sopló y volvió a soplar y, por fin, al tercer soplido, la casa se derrumbó, pero otra vez le falto la suerte al lobo, ya que los cerditos escaparon por una ventana justo antes de que la casita se derrumbara.

Otra vez, el lobo se quedó sin presas, pero esta vez no se detuvo en lamentos, corrió a trompicones entre los maderos de la casa y siguió el rastro de los cerditos hasta una enorme casa de piedra. Pero los cerditos le llevaban mucha ventaja y ya estaban encerrados dentro de la casa con el tercero de sus hermanos.

El lobo llamó a la puerta.

– ¡Cerditos, cerditos! – Bramó el lobo – ¡Ábridme la puerta!
– ¡No, que nos comerás! -contestaron los cerditos.
– Pues si no me abriis, soplaré y soplaré y ¡vuestra casita derribaré! – Proclamó ya un poco cansado.
– Sopla todo lo que quieras – Se burló el tercer cerdito –. Mi casa es de piedra, no es de paja, ni de madera, como las de mis hermanos, no podrás tirarla a soplidos.
– Muy bien – respondió el lobo – os quedaréis sin casa.

Y el lobo sopló y sopló y volvió a soplar, y sopló y sopló, otra vez, y volvió a soplar, con más fuerza cada vez hasta quedarse extenuado. Y, como ya hemos dicho, el lobo no tenía muchas luces, así que tardó un buen rato y muchos intentos, en darse cuenta de que la casita ni siquiera se movía; así que se tumbó frente a la puerta, agotado y alicaído, pensando, mientras descansaba en cual sería la mejor manera de llegar hasta los cerditos. Pero no se le ocurría nada, y se dedicó a dar vueltas alrededor de la casa buscando la forma de entrar.

Mas la casa estaba muy bien construida, con ventanas pequeñas, por las que no se podía colar un intruso y sin puntos débiles que él pudiera atacar. Ya se estaba dando por vencido, cuando, al alejarse de la casa vio el humo que salía por la chimenea y pensó:”Esta es la mía, entraré por la chimenea, esta vez no se me escaparán estos pequeños cochinillos”. Y, dando vueltas alrededor de la casa, para que los cerditos no pudieran intuir sus intenciones, el lobo trepó al tejado, con muchas dificultades y no poco ruido, pues parece que este es el único lobo que no sabe que hay que ser gato para trepar. Menos mal que colarse por la chimenea no supuso mayor dificultad… salvo por que descendió muy deprisa y sin control, puesto que las piedras de la chimenea eran muy resbaladizas, precipitándose en un caldero de agua hirviendo, que los cerditos habían puesto a calentar, alertados por los estrepitosos ruidos que él mismo hizo al trepar al tejado.

Saltando y aullando de dolor, con sus posaderas y su rabo completamente escaldados, salió por la puerta que un sonriente cerdito mantenía abierta, mientras los otros dos se reían cruelmente de él. Huyó al bosque, buscó el río y metio sus cuartos traseros en él, aliviando así su dolor. Disgustado vió que su hermoso rabo, lo único que todavía conservaba un poco de lustre, había perdido el pelo en varios puntos y presentaba un aspecto lamentable. El lobo, enfurecido, planeó su venganza. Engañaría al cerdito más pequeño, el amo de la casa de piedra y se lo comería sin miramientos. Así se dedicó a explorar la zona y descubrió diversos huertos de hortalizas y tuberculos. Y pensó, le diré al cerdito donde están estos huertos y cuando esté distraido comiendo, seré yo quien se llene la tripa.

986 65 13 49

Ponte en contacto conmigo, consultas por visa o personales.

Consulta por Whatsapp

695037878
  • 2 Preguntas = 1,79 Euros (sale a 0,895 por consulta)
  • 6 Preguntas = 4,49 Euros (sale a 0,748 por consulta)
  • 12 Preguntas = 7,99 Euros (sale a 0,665 por consulta)

    Pago por PAYPAL (IVA NO incl)
Consulta