Promethea

Este es mi perfil:soy Promethea, nací el 30 de Enero de 1973, en el año de la Rata de agua, bajo el signo de acuario, en Vigo, Pontevedra, España. Estos son mis intereses: Yo, la familia, el trabajo, los amigos y de ahí para el norte… Mis películas favoritas son: La princesa prometida, Lady Halcón, Practicamente magia, Willow, piratas del Caribe. Y estos son mis libros favoritos: Las nieblas de Avalon, Sortilegio, El arte de amar, Promethea (novela gráfica) Además de este blog, tengo otro casi igual y anterior en blogspot, llamado "El muro de Promethea", llevo la página de Reiki de Brujas de Askani y soy webmaster de esta última. También colaboro en la página asmeigas.es, por lo menos de momento...

La historia del Lobo Feroz 7

PARTE III.1

Dió la casualidad que el camino hacia el pueblo cruzaba el río y allí vió, el lobo, no del todo mal observador, un molino y una granja de gallinas un poco más abajo. Pensó en atacar la granja, pero había demasiados humanos trabajando en ella, con lo que decidió seguir su camino, un poco apartado del camino, para no ser visto. Como se iba acercando al pueblo, el camino empezó a llenarse de gente y su instinto de supervivencia le insto a adentrarse en el bosque, no fuera que lo vieran y acabasen con el a palos.

Al entrar al bosque escuchó los balidos de unas cabras y, sigilosamente, se acercó a ver de donde procedían. Resultó que se encontró con una bonita casita, pequeñita y muy coqueta, con una vallita blanca, tan coqueta como la casita. Allí jugaban siete pequeños cabritos hasta que la madre, ataviada para ir al mercado los llamó y todos se metieron en la casa.
El lobo escuchó el rugir de su estómago y pensó que quizá allí estuviera su oportunidad de calmarlo. Así que, armándose de paciencia se dispuso a esperar acontecimientos. Y un rato despues, salió la cabra de la casa, cargada con una enorme cesta y, cerrarndo el cercado tras de si, saludó a sus hijos y se marchó camino del pueblo. El lobo decidió seguirla, pensando en atacarla antes de que alcanzara el camino, pero le pudo la gula recordando los pequeños y tiernos cabritillos, al punto de no darse cuenta de que la cabra alcanzaba el camino y que su oportunidad se esfumaba. En cierto modo se alegró porque a quién quería comerse realmente era a los vástagos de la cabra.
Volvió sobre sus pasos y, despues de saltar la valla llamó a la puerta.

– ¿Quién es? – preguntó una voz cabruna e infantil
– Soy yo, vuestra madre, que ya he vuelto del mercado – respondió el lobo voz cabruna, intentando imitar a la cabra.
– Nooo – gritaron los pequeños – , no, no, no, tu no eres nuestra madre, pues ella tiene una voz fina y clara. Tu eres el Lobo Feroz y nos quieres comer.

Entonces el lobo, sin perder más tiempo, corrió a la granja que había visto antes en el camino y, sigiloso y silencioso, como en su vida lo había sido, robo todos los huevos que encontró y, una vez, de vuelta en la espesura del bosque, se fue comiendo las claras una a una hasta que se le aclaró la voz. Entonces y, solo entonces, volvió a la casa de los cabritillos y volvió a llamar a la puerta.

– ¿Quién es? – volvieron a preguntar los pequeños
– Soy yo, vuestra madre, que ya he vuelto del mercado – respondió el lobo con la voz tan fina y clara que los pequeños lo creyeron.
– Si eres nuestra madre – contestaron, no obstante –, echa la patita por debajo de la puerta.

Y así lo hizo el lobo.

– Nooo – volvieron a gritar los pequeños – , no, no, no, tu no eres nuestra madre, pues ella tiene una patitas blancas como la harina y tu las tienes negras como el carbón. Tu eres el Lobo Feroz y nos quieres comer.

Rabioso, el lobo, se dirigió al molino y allí robo un saco de harina y, de vuelta en el bosque, hundió sus negras pezuñas en ella hasta volverlas completamente blancas y, una vez más, volvió a la casita de los pequeños y llamó a la puerta.

– ¿Quién es? – Preguntaron de nuevo los cabritos
– Soy yo, vuestra madre, que ya he vuelto del mercado – volvió a responder el lobo con su voz afinada por las claras.
– Si eres nuestra madre – insistieron nuevamente –, echa la patita por debajo de la puerta.

Y eso hizo el lobo y esta vez el engaño fué completo, los cabritos empezaron a saltar de alegría gritando “mamá, mamá ya ha vuelto, bien, bien, ¿que regalos nos traes? Hemos sido muy buenos”

Así que se abrió la puerta, el lobo se abalanzó sobre los pequeños y, con el hambre que tenía, se los comió de un solo bocado a cada uno, hasta que creyó que o quedaba ninguno y se fué, ahíto por primera vez en su vida, a descansar y a hacer la digestión a la sombra de un árbol a la orilla del río. Y se quedó profundamente dormido, ya que con semejante banquete que se había dado no le quedaban fuerzas más que para descansar.

La historia del Lobo Feroz 6

PARTE II.3

Así volvió a la casa de los cerditos y llamó a la puerta.

– Cerdito, cerdito pequeño – llamó sosegadamente – sal que te quiero mostrar una cosa.
– No me fio de ti, Lobo Feroz – Respondió el cerdito – . Dime que me quieres mostrar.
– Ya no como cerditos, ahora como sólo verduras y hortalizas – mintió con descaro – . He encontrado un huerto de patatas, las más grandes que has visto en tu vida, vayamos juntos y démonos un banquete.
– Vale – respondió el cerdito – iré contigo, dime donde es y a que hora quedamos.
– Quedemos mañana a las 4 junto al roble grande, allí está el huerto.

Y así el lobo se fue a dormir pensando en que al día siguiente daría cuenta del cerdito. Pero al día siguiente a las cuatro, el cerdito no apareció junto al roble grande, así que, el lobo, sospechando que ya estuviese en el campo devorando patatas, se apresuró a llegar al campo, mas allí sólo quedaban los hoyos que el cerdito pequeño hiciera para desenterrar las patatas. Disgustado y furioso, volvió a la casa del cerdito y volvió a llamarlo.

– Cerdito, cerdito pequeño, sal que te quiero mostrar una cosa.
– No me fio de ti, Lobo Feroz. Dime que me quieres mostrar.
– He encontrado un huerto de repollos, los más hermosos que has visto en tu vida, vayamos juntos y démonos un banquete.
– Vale – respondió el cerdito – iré contigo, dime donde es y a que hora quedamos.
Quedemos mañana a las 10 junto a la acacia del borde del camino, allí está el huerto.

Y el lobo se fue a dormir pensando que esta vez no se le escaparía el cerdito. Pero al día siguiente a las diez, el cerdito no apareció junto a la acacia al borde del camino, y, otra vez, el lobo sospechando que estaba allí sin él, corrió hasta el huerto de repollos, sólo para encontrar el campo desierto y los repollos comidos. Pero por fin se dió cuenta de que era el cerdito quién lo engañaba a él; seguro que el muy tramposo iba antes a comer y se aseguraba de irse mucho antes de que el llegara, así que esta vez sería el quien lo engañara.

Y otra vez volvió a la casa de los cerditos y llamó a la puerta.

– Cerdito, cerdito pequeño, sal que te quiero mostrar una cosa.
– No me fio de ti, Lobo Feroz. Dime que me quieres mostrar.
– He encontrado un campo de rábanos, los mejores que has visto en tu vida, vayamos juntos y démonos un banquete.
– Vale – respondió el cerdito – iré contigo, dime donde es y a que hora quedamos.
– Quedemos esta tarde a las 5 junto al huerto de patatas, allí, al lado está el campo.

Pero esta vez el lobo se adelantó al cerdito y estuvo allí a las 3, esperando al cerdito, y esperó por una hora, hasta que este apareció. Pero aún permaneció escondido hasta que el cerdito empezó a comer, y entonces se abalanzó sobre él.
El cerdito se llevó el susto de su vida, pero como era muy agil y estaba cubierto de lodo fresco, se le escurrió entre las garras al lobo y salió corriendo de vuelta a casa. El lobo le pisaba los talones, corriendo veloz, pues no estaba dispuesto a que se le volviera a escapar la comida, y en un último esfuerzo, consiguió agarrar al cerdito de la cola, justo cuando se metía en la casa.

– ¡Ya te tengo! – Gritó muy ufano.
Pero el cerdito era muy inteligente y muy rápido de pensamiento, así que le preguntó, inocente:
– ¿Estás seguro de que es mi rabo y no un rábano? – Pero el lobo, cogido por sorpresa, y recordemos que no tenía muchas luces, no respondió, pensando en si realmente había atrapado al cerdito o este le había vuelto a engañar. – ¿Estás seguro de que es mi rabo y no un rábano? – volvió a preguntar el cerdito.

Entonces, el lobo, solto el rabo para comprobarlo y el cerdito se metió en la casa dándole con la puerta en las narices.

El lobo frustrado, decidió bajar al pueblo y alejarse de los cerditos que eran demasiado listos para él, y con su oreja cortada y el rabo pelado, marchó camino del pueblo.

La Historia del Lobo Feroz 5

PARTE II.2

El lobo, maldijo su mala suerte y su falta de reflejos, por consentir que el cerdito se escapase y, sin perder más tiempo, corrió trás él. Mas el cerdito y su hermano ya se habían encerrado en una casita de madera precariamente construida.

El lobo llamó a la puerta.

– ¡Cerditos, cerditos! – Bramó el lobo – ¡Ábridme la puerta!
– ¡No, que nos comerás! -contestaron los cerditos.
– Pues si no me abriis, soplaré y soplaré y ¡vuestra casita derribaré! – Anunció con voz de trueno.
– Sopla todo lo que quieras – Se burló uno de los cerdos –. Mi casa es de madera, no es de paja como la de mi hermano, no podrás tirarla a soplidos.
– Muy bien – respondió el lobo – os quedaréis sin casa.

Y el lobo sopló y sopló y volvió a soplar y, por fin, al tercer soplido, la casa se derrumbó, pero otra vez le falto la suerte al lobo, ya que los cerditos escaparon por una ventana justo antes de que la casita se derrumbara.

Otra vez, el lobo se quedó sin presas, pero esta vez no se detuvo en lamentos, corrió a trompicones entre los maderos de la casa y siguió el rastro de los cerditos hasta una enorme casa de piedra. Pero los cerditos le llevaban mucha ventaja y ya estaban encerrados dentro de la casa con el tercero de sus hermanos.

El lobo llamó a la puerta.

– ¡Cerditos, cerditos! – Bramó el lobo – ¡Ábridme la puerta!
– ¡No, que nos comerás! -contestaron los cerditos.
– Pues si no me abriis, soplaré y soplaré y ¡vuestra casita derribaré! – Proclamó ya un poco cansado.
– Sopla todo lo que quieras – Se burló el tercer cerdito –. Mi casa es de piedra, no es de paja, ni de madera, como las de mis hermanos, no podrás tirarla a soplidos.
– Muy bien – respondió el lobo – os quedaréis sin casa.

Y el lobo sopló y sopló y volvió a soplar, y sopló y sopló, otra vez, y volvió a soplar, con más fuerza cada vez hasta quedarse extenuado. Y, como ya hemos dicho, el lobo no tenía muchas luces, así que tardó un buen rato y muchos intentos, en darse cuenta de que la casita ni siquiera se movía; así que se tumbó frente a la puerta, agotado y alicaído, pensando, mientras descansaba en cual sería la mejor manera de llegar hasta los cerditos. Pero no se le ocurría nada, y se dedicó a dar vueltas alrededor de la casa buscando la forma de entrar.

Mas la casa estaba muy bien construida, con ventanas pequeñas, por las que no se podía colar un intruso y sin puntos débiles que él pudiera atacar. Ya se estaba dando por vencido, cuando, al alejarse de la casa vio el humo que salía por la chimenea y pensó:”Esta es la mía, entraré por la chimenea, esta vez no se me escaparán estos pequeños cochinillos”. Y, dando vueltas alrededor de la casa, para que los cerditos no pudieran intuir sus intenciones, el lobo trepó al tejado, con muchas dificultades y no poco ruido, pues parece que este es el único lobo que no sabe que hay que ser gato para trepar. Menos mal que colarse por la chimenea no supuso mayor dificultad… salvo por que descendió muy deprisa y sin control, puesto que las piedras de la chimenea eran muy resbaladizas, precipitándose en un caldero de agua hirviendo, que los cerditos habían puesto a calentar, alertados por los estrepitosos ruidos que él mismo hizo al trepar al tejado.

Saltando y aullando de dolor, con sus posaderas y su rabo completamente escaldados, salió por la puerta que un sonriente cerdito mantenía abierta, mientras los otros dos se reían cruelmente de él. Huyó al bosque, buscó el río y metio sus cuartos traseros en él, aliviando así su dolor. Disgustado vió que su hermoso rabo, lo único que todavía conservaba un poco de lustre, había perdido el pelo en varios puntos y presentaba un aspecto lamentable. El lobo, enfurecido, planeó su venganza. Engañaría al cerdito más pequeño, el amo de la casa de piedra y se lo comería sin miramientos. Así se dedicó a explorar la zona y descubrió diversos huertos de hortalizas y tuberculos. Y pensó, le diré al cerdito donde están estos huertos y cuando esté distraido comiendo, seré yo quien se llene la tripa.

La historia del Lobo Feroz 4

PARTE II.1

¡Pobre Lobo Feroz! ¡Que desgraciado se sentía! Si es que, en el fondo no era malo, era lobo y tenía hambre… Y, es que, ¿Alguien conoce a un lobo vegetariano? ¿O a una oveja carnívora? Pues claro que no. Vaya tontería, por eso, el lobo, no es que fuera malo, es que era lobo y estaba hambriento.

Pasó varios días escondido en la madriguera de un castor muerto de viejo, que se fue comiendo de a poco para que le durara más, mientras se recuperaba de la paliza recibida en la casa de la Abuelita. ¡Que mal le había salido aquel asunto!, sólo de pensarlo de daban escalofríos, menos mal que al lobo, un ser tan básico, le valía con comer y dormir, aunque la comida fuera carroña de castor. A pesar de todo, a veces, le asaltaba la tristeza y pensaba en sus padres y sus hermanos y no podía evitar preguntarse porque el no presentaba los instintos de su padre o la inteligencia de su madre, porque no se parecía un poco más a sus hermanos y hermanas, lobos sanos y felices, de hermoso pelaje y fuerte presencia, cazadores expertos, que siempre tenían la barriga llena. Menos mal que estos momentos de reflexión duraban más bien poco, sinó tendría que buscarse un buen psicólogo y eso sería un poco complicado, porque para ello tendría que ser humano.

Volvió a salir cuando se acabó el castor. Hambriento y aún medio dolorido, volvió a internarse en el bosque en busca de algo que echarse a la boca y, he aquí, que ve a tres cebados cerditos, con sendos atillos al hombro marchando alegremente, mientras juegan y conversan, y así se entera que se han fugado de una granja al otro lado del río, que van en busca de fortuna, que quieren independizarse, construir sus propias casas y vivir su vida lejos de la cochiquera materna. Y piensa, “a estos me los como yo, son cerdos, no pueden ser muy listos, no son como los humanos, que hasta sus cachorros son de armas tomar, estos son cerditos de granja confiados, no saben lo que es un bosque, mucho menos lo que es un lobo”. ¡Ay, que equivocado estaba! Porque, si bien, los cerditos se habían escapado de casa, su madre les había advertido de todos y cada uno de los peligros que les aguardaban en el bosque, los había atemorizado cada noche contándoles lúgrubes historias sobre lobos, otras alimañas, y los peligros de abandonar la granja. Pero a ellos, lejos de atemorizarles esas historias, lo que hicieron fue despertar su afán de aventuras, sus deseos de conocer y explorar la vida más allá de la pocilga y la granja. Así que, una noche, despues de que su madre se durmiera, ellos se escaparon sigilosamente para vivir una aventura.

El lobo les seguía, pero cada vez ellos se iban alejando más, ya que él todavía se encontraba muy maltrecho, por lo que se quedó con su olor, y lentamente fue siguiendo su rastro. Y mientras perseguía a los cerditos, a paso de tortuga, aunque era un lobo, corto de luces, eso si, se iba recuperando, hasta que un día, se encontró en plena forma y dió alcance a los cerditos…. Sólo que no dió alcance a tooodos los cerditos, sinó sólo a uno de ellos, muy gordo y cebado, que vagueaba tirado en una hamaca, ante la puerta de una choza de paja, con una sonrisa feliz de satisfacción. Sonrisa que desapareció de su rostro en cuanto vió acercarse al lobo. En un santiamen, se metió en su casa de paja y cerró puertas y ventanas.

Lleno de temor, escuchó como el lobo llamaba a su puerta.

– ¡Cerdito, cerdito! – Bramó el lobo – ¡Ábreme la puerta! – Ordeno imperativo
– ¡No, que me comerás! -Respondió el aterrado cerdito.
– Pues si no abres la puerta, soplaré y soplaré y ¡tu casita derribaré! – Informó el lobo, que al tener el estómago siempre vacio, poseía una extraordinaria capacidad pulmonar. Aquí hay que puntualizar que el pobre lobo feroz, que de feroz, nada, en todo caso hambriento, se alimentaba muy amenudo de aire.
– Sopla todo lo que quieras – Se carcajeó el cerdo, pensando en lo tonto que era el lobo por pensar que tiraría su casa a soplidos.
– Muy bien – respondió el lobo – te quedarás sin casa.

Y sin más preambulos, llenó sus pulmones de aire y comenzó a soplar con tal intensidad, que al primer soplido, la casita empezó a temblar y, con ella, el cerdito en su interior. Al segundo soplido, la casa de paja se derrumbó sobre el cerdo, que consiguió salir de entre la paja chillando y corriendo como un galgo, huyó a la casa de su hermano, camino abajo.

La Historia del Lobo Feroz 3

PARTE I.3

El lobo empezó a seguirla a una distancia prudencial y pronto se dió cuenta de que Caperucita era una muchacha atolodrada y que sería muy fácil engañarla, ya que no estaba siguiendo las instrucciones que su madre le había dado. Su madre había dicho: no salgas del camino, y la niña apenas si lo seguia, persiguiendo mariposas y pajarillos. También había dicho: no te entretengas, que el camino es largo y despues no podrás volver con el día, y la chiquilla, se detenía cada dos por tres a recoger florecillas, mientras cantaba alegremente. Y pronto sabría si Caperucita obedecería la última orden de su madre: No hablar con desconocidos.

Cuando se hubieron alejado lo bastante de la casa, y ya se hayaban en una parte muy frondosa del bosque, el lobo salió al encuetro de la niña, adoptando formas de educado caballero:

– Hola, Caperucita, ¿Donde vas con esa cestita? – La chiquilla lo miró preguntandose si lo conocía, pues sabía su nombre, ya que Caperucita había pasado a ser su nombre cuando, despues de que su abuela le regalara aquella capa, todo el mundo dió en llamarla Caperucita, hasta el punto de olvidar el nombre que su madre la había puesto en su nacimiento.
– Voy a casa de mi Abuelita, que está enferma, a llevarle unos huevos, unas tortitas y una jarrita de miel. – Respondió confiadamente, dando por supuesto que si sabía su nombre era, sin duda, porque se conocían.
– Y vaya flores tan hermosas llevas, linda niña – Continuó el lobo tragando la saliba que llenaba su boca, sólo con pensar en el banquete que se iba a dar con aquella niña tan apetitosa.
– Son para mi Abuelita, para que su corazón se alegre y se recupere mejor – Explicó con soltura Caperucita Roja.
– Pero, ¡Ay, Caperucita! Te faltan las más hermosas, las flores rosas que hay en el prado al lado del río. – Se lamento el lobo. Era cierto, pensó la chica, llevaba flores de todos los colores, más rosas, no llevaba ninguna. Miró al lobo con carita angustiada y este tuvo que reprimir una carcajada ante lo fácil que era engañar a esta niña. – Si sigues por ese camino, además de llegar antes a casa de tu Abuelita, podrás recoger todas las flores que desees y encotrarás unas hermosas flores rosas, como las que crecen en el prado al lado del rio.
– Muchas gracias, señor – sonrió la jovencita inocente, agitando la mano y siguiendo el camino que le había indicado el lobo.

El lobo se regocijó de su ardid, por fin había tenído una buena idea, no sólo se comería a la niña, sinó también a la abuela, que aunque vieja, también debía ser sabrosa. Corrió hasta la casa de la Abuelita sin descanso y allí llegó sin aliento, a pesar de que sabía que Caperucita aún tardaría en llegar, pues el camino por el que la enviara era mucho más largo que el que había seguido él.

Tras descansar un momento junto a la puerta, llamó suavemente y simulando la voz de la niña, respondíó a las preguntas de la abuela, hasta que esta le ordeno pasar indicandole que estaba en la cama. No le resultó dificil engañar a la vieja, ya que estaba bastante sorda, además de medio ciega. Se acercó sigiloso a la cama y se abalanzó sobre ella, que a pesar de la edad, saltó despavorida de la cama en un intento infructuoso de huir. El lobo la tumbó y la tenía a su merced, pero la abuela se resistía, así que el lobo le golpeó la cabeza contra el suelo, hasta dejarla inconsciente. Entonces intentó hincarle el diente, pero la abuela era demasiado vieja, dura y correosa para comersela cruda. A punto estuvo, el hambriento lobo, de partirse un diente, en aquellos cueros pegados al hueso; así que, sin muchos miramientos, la arrojó en el armario y cerró la puerta. Luego, buscó un camisón y un gorro de dormir y, colocandose los lentes de la abuela, para completar el efecto, se metió en la cama.
No tardó en quedarse dormido, ya que la noche anterior apenas había dormido y la lucha con la abuela lo había dejado extenuado. Y durmió placidamente, soñando con ricos manjares, cuando los golpes en la puerta lo despertaron, allí se encontraba Caperucita, llamando a su abuela a gritos, ya que sabía que la anciana se encontraba medio sorda.

– ¿Quién llama con tanta insistencia que interrumpe mi siesta? – preguntó el lobo, simulando la voz de la abuela.
– Abuelita, soy yo, tu nieta Caperucita, que te traigo una cestita con unos huevos, unas tortitas y una jarrita de miel – Gritó la niña.
– Pasa, querida, pasa, estoy en la cama….

Y Caperucita entró en la casa, y despues de dejar la cesta en la cocina se dirigió a la habitación de su abuela con los brazos cubiertos de flores.

– Abuelita, mira que flores tan hermosas te traigo -canturreó
– Acercate, querida para que las vea mejor. – Respondió el lobo.
– Abuelita, que voz tan ronca tienes – La a habitación estaba bastante oscura, él se había encargado de entornar las ventanas para que la niña no pudiese reconocerlo; la muchachita apenas veía su silueta, mas tenía un oido estupendo y al momento se dió cuenta de que no era la voz de su abuela.
– Es que estoy muy resfriada, hija mía – respondió el lobo y la niña se tranquilizó pensando que se habría confundido. – Acercate a darme un beso, querida.

Caperucita dió un paso más hacia la cama, mientras sus ojos se habituaban a la escasa luz.

– ¡Abuelita que orejas tan grandes tienes! – Exclamó sorprendida, ya que no recordaba que su abuela tuviese semejantes orejas.
– Son para oirte mejor, hija mía – contestó el lobo con naturalidad.

Caperucita se acercó un poco más al lecho y distinguió los ojos del lobo, enormes en su cara flaca.

– ¡Abuelita, que ojos tan grandes tienes! – Casi grito, sintiendo una fuerte inquietud.
Son para verte mejor, querida mía – replicó el lobo, sonriendo levemente, gesto que hizo que la niña se fijase en lo grande que era su boca, y en lo afilados que tenía los dientes
– Ay, Abuelita – Dijo al fin, acercándose un poco más, como hipnotizada por aquella sonrisa – ¡Qué dientes tan grandes tienes!
– ¡Son para comerte mejor! – Bramó el lobo, saltando de la cama sobre ella. Pero Caperucita, aunque atolondrada e inocentes, tenía a su favor los reflejos de la juventud y esquivó al lobo, quién se quedó con un trozo de su capa entre los dientes.
– ¡Socorro, socorro! – Gritó la chiquilla, huyendo a trompicones por la casa. – ¡El lobo Feroz me quiere comer! – Ella fue quién bautizó a nuestro lobo, que de feroz nada, en todo caso, muerto de hambre. – ¡Auxilio, auxilio!

El lobo y Caperucita se enzarzaron en una atropellada persecución destrozando la pequeña casa de la Abuelita. Pero lo que el lobo no sabía, nuestro hambriento e ignorante lobo, corto de luces, es que aquella era la parte del bosque en la que los leñadores estaban trabajando; en su favor diremos que el pobre se hayaba muy lejos del bosque en el que había nacido, y en las prisas por llenar su dolorido estomago, no se había perdido en detalles al trazar el plan para comerse a Caperucita. Así que, un leñador que trabajaba allí cerca escuchó los gritos de la niña y destrozando a hachazos una ventana, se interpuso entre ella y el lobo, todavía vestido con las ropas de cama de la abuela. Ni que decir tiene, que se lió una buena, a partir de aquel día la Abuelita se tuvo que ir a vivir con su nietecita y no por vieja, ni por los golpes que le dió el lobo, sino porque su casa quedó completamente inhabitable.

Pero el lobo logró huir del inmenso leñador, por la misma ventana que este había roto para entrar, aunque no salió indemne, ya que el leñador, en ira justiciera le cortó con su hacha media oreja izquierda, la cual sangraba copiosamente. Y Feroz, pues ese fue el nombre por el que sería conocido desde entonces huyo rio arriba a lavarse sus heridas y buscar algún bicho muerto o vivo para comer. Tuvo suerte y se comió un pequeño gazapo que apenas tapó el hueco de su estómago.

 

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