La Historia del Lobo Feroz

PARTE I.1

Habíase una vez, en un bosque muy lejano, una loba que parió una camada de lobitos. Siete lobitos, 3 hembras y cuatro machos. Era una camada normal. Normal y corriente, si no fuera porque el más pequeño de los lobitos sería conocido en todo el mundo como “El lobo feroz”.

Pero de feroz, nada, lo que estaba era hambriento porque al ser el más pequeño de los 7 sólo le tocaban las sobras de sus hermanos, que lo empujaban diciendo: “Quita, torpe, renacuajo”

Cuando ya todos habían comido, entonces, su madre, que le quería especialmente, le acercaba a su vientre para que pudiera abastecerse en sus tetillas casi vacias.

Y así fue creciendo aquel cachorro de lobo, entre peleas con sus hermanos y el hambre que le atenazaba las tripas y no le dejaba ni pensar.

 

Y sucedió que cuando el lobo que nos ocupa ya había crecido hasta la edad adulta, flaco y lleno de pulgas, todo dientes y garras, porque cuando se está muy delgado los dientes y las garras parecen más grandes; andaba el pobre desesperado en los confines de un tenebroso bosque, muy lejos del bosque en que se había criado con su amorosa madre y sus crueles hermanos, buscando algo con lo que llenar su estómago y que no fueran aquellos insípidos bichos y la carroña que constituían su dieta últimamente. Porque hay que reconocer, que nuestro lobo; el que sería conocido mundialmente como “el lobo feroz”, que no tenía muchas luces, y a pesar de tratarse de un ser muy básico, al que comer y dormir ya le iba bien; le gustaba comer caliente y fresco, a poder ser; preferiblemente seres pequeños y tiernitos, de carnes jugosas y sangre roja.

Pero parecía que aquel tenebroso bosque era pura espesura, los animalillos que le gustaban brillaban por su ausencia y, es que lo que él no sabia es que cuando temes por tu vida, te haces más listo y cuidadoso, observando atentamente antes de asomar el ocico de la madriguera, ya que aquel frondoso bosque era el coto de caza de la Reina, que vivía en el enorme y hermoso castillo que se veía en lo alto de una colina. Allí enviaba ella a sus más expertos cazadores, porque esta mujer se parecía mucho al lobo, siempre estaba hambrienta y le gustaba la carne fresca, recién muerta, asada a fuego lento y aderezada con las más exquisitas especies, que para eso tenía un cocinero francés.

Así, medio muerto de hambre, con los afilados colmillos ociosos y el rabo entre las piernas, como signo del pesar de su ánimo, iba el lobo, cuando llegó al borde de un claro siguiendo el olor de un ciervo, una presa más que apetecible. Y allí, fue testigo de una extraña escena, además de ver al otro lado, entre la maleza, al objeto de su deseo: un ciervo despistado. Se le cambió el gesto, levantó la cabeza, alzó las orejas y el rabo, abriendo los ojos como platos, mientras la lengua le colgaba entre los dientes, babeante con el preludio del banquete que se iba a dar. Suavemente, comenzó a deslizarse por el borde del claro, sin hacer ningún tipo de ruido, haciendo gala de toda su destreza, mientras una niña suplicaba de rodillas ante un hombre alto y robusto, de terrible aspecto.

– No me matéis, señor, por favor, prometo ocultarme, la reina no sabrá de mi presencia. No me verá, no me oirá, me volveré muda e invisible, pero, por favor, señor, no me matéis. – Su boquita roja como la sangre, temblaba y las lágrimas anegaban su rostro pálido y hermoso, enmarcado por su cabellera negra como el azabache.
-Princesa, nada puedo yo hacer, sabeis que la reina es una malvada hechicera y que tiene un espejo mágico que todo se lo cuenta, esta noche he de llevarle tu corazón para satisfacer su maldad y cuando le pregunte al espejo quién es la más hermosa del reino, este debe responder “Tú, majestad, tú eres la mujer más hermosa del reino”, para que mi vida esté a salvo.
– Entonces me iré – replicó la princesa –, abandonaré el reino esta noche y no volveré jamás. – suplicaba y lloraba desconsolada y era tal su belleza, que sus lágrimas y su temor no hacían más que acrecentar la delicadeza de sus rasgos, hasta el punto que el corazón del cazador se ablandó, enternecido por sus súplicas.

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