La historia del Lobo Feroz 7

PARTE III.1

Dió la casualidad que el camino hacia el pueblo cruzaba el río y allí vió, el lobo, no del todo mal observador, un molino y una granja de gallinas un poco más abajo. Pensó en atacar la granja, pero había demasiados humanos trabajando en ella, con lo que decidió seguir su camino, un poco apartado del camino, para no ser visto. Como se iba acercando al pueblo, el camino empezó a llenarse de gente y su instinto de supervivencia le insto a adentrarse en el bosque, no fuera que lo vieran y acabasen con el a palos.

Al entrar al bosque escuchó los balidos de unas cabras y, sigilosamente, se acercó a ver de donde procedían. Resultó que se encontró con una bonita casita, pequeñita y muy coqueta, con una vallita blanca, tan coqueta como la casita. Allí jugaban siete pequeños cabritos hasta que la madre, ataviada para ir al mercado los llamó y todos se metieron en la casa.
El lobo escuchó el rugir de su estómago y pensó que quizá allí estuviera su oportunidad de calmarlo. Así que, armándose de paciencia se dispuso a esperar acontecimientos. Y un rato despues, salió la cabra de la casa, cargada con una enorme cesta y, cerrarndo el cercado tras de si, saludó a sus hijos y se marchó camino del pueblo. El lobo decidió seguirla, pensando en atacarla antes de que alcanzara el camino, pero le pudo la gula recordando los pequeños y tiernos cabritillos, al punto de no darse cuenta de que la cabra alcanzaba el camino y que su oportunidad se esfumaba. En cierto modo se alegró porque a quién quería comerse realmente era a los vástagos de la cabra.
Volvió sobre sus pasos y, despues de saltar la valla llamó a la puerta.

– ¿Quién es? – preguntó una voz cabruna e infantil
– Soy yo, vuestra madre, que ya he vuelto del mercado – respondió el lobo voz cabruna, intentando imitar a la cabra.
– Nooo – gritaron los pequeños – , no, no, no, tu no eres nuestra madre, pues ella tiene una voz fina y clara. Tu eres el Lobo Feroz y nos quieres comer.

Entonces el lobo, sin perder más tiempo, corrió a la granja que había visto antes en el camino y, sigiloso y silencioso, como en su vida lo había sido, robo todos los huevos que encontró y, una vez, de vuelta en la espesura del bosque, se fue comiendo las claras una a una hasta que se le aclaró la voz. Entonces y, solo entonces, volvió a la casa de los cabritillos y volvió a llamar a la puerta.

– ¿Quién es? – volvieron a preguntar los pequeños
– Soy yo, vuestra madre, que ya he vuelto del mercado – respondió el lobo con la voz tan fina y clara que los pequeños lo creyeron.
– Si eres nuestra madre – contestaron, no obstante –, echa la patita por debajo de la puerta.

Y así lo hizo el lobo.

– Nooo – volvieron a gritar los pequeños – , no, no, no, tu no eres nuestra madre, pues ella tiene una patitas blancas como la harina y tu las tienes negras como el carbón. Tu eres el Lobo Feroz y nos quieres comer.

Rabioso, el lobo, se dirigió al molino y allí robo un saco de harina y, de vuelta en el bosque, hundió sus negras pezuñas en ella hasta volverlas completamente blancas y, una vez más, volvió a la casita de los pequeños y llamó a la puerta.

– ¿Quién es? – Preguntaron de nuevo los cabritos
– Soy yo, vuestra madre, que ya he vuelto del mercado – volvió a responder el lobo con su voz afinada por las claras.
– Si eres nuestra madre – insistieron nuevamente –, echa la patita por debajo de la puerta.

Y eso hizo el lobo y esta vez el engaño fué completo, los cabritos empezaron a saltar de alegría gritando “mamá, mamá ya ha vuelto, bien, bien, ¿que regalos nos traes? Hemos sido muy buenos”

Así que se abrió la puerta, el lobo se abalanzó sobre los pequeños y, con el hambre que tenía, se los comió de un solo bocado a cada uno, hasta que creyó que o quedaba ninguno y se fué, ahíto por primera vez en su vida, a descansar y a hacer la digestión a la sombra de un árbol a la orilla del río. Y se quedó profundamente dormido, ya que con semejante banquete que se había dado no le quedaban fuerzas más que para descansar.

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