La Historia del Lobo Feroz 5

PARTE II.2

El lobo, maldijo su mala suerte y su falta de reflejos, por consentir que el cerdito se escapase y, sin perder más tiempo, corrió trás él. Mas el cerdito y su hermano ya se habían encerrado en una casita de madera precariamente construida.

El lobo llamó a la puerta.

– ¡Cerditos, cerditos! – Bramó el lobo – ¡Ábridme la puerta!
– ¡No, que nos comerás! -contestaron los cerditos.
– Pues si no me abriis, soplaré y soplaré y ¡vuestra casita derribaré! – Anunció con voz de trueno.
– Sopla todo lo que quieras – Se burló uno de los cerdos –. Mi casa es de madera, no es de paja como la de mi hermano, no podrás tirarla a soplidos.
– Muy bien – respondió el lobo – os quedaréis sin casa.

Y el lobo sopló y sopló y volvió a soplar y, por fin, al tercer soplido, la casa se derrumbó, pero otra vez le falto la suerte al lobo, ya que los cerditos escaparon por una ventana justo antes de que la casita se derrumbara.

Otra vez, el lobo se quedó sin presas, pero esta vez no se detuvo en lamentos, corrió a trompicones entre los maderos de la casa y siguió el rastro de los cerditos hasta una enorme casa de piedra. Pero los cerditos le llevaban mucha ventaja y ya estaban encerrados dentro de la casa con el tercero de sus hermanos.

El lobo llamó a la puerta.

– ¡Cerditos, cerditos! – Bramó el lobo – ¡Ábridme la puerta!
– ¡No, que nos comerás! -contestaron los cerditos.
– Pues si no me abriis, soplaré y soplaré y ¡vuestra casita derribaré! – Proclamó ya un poco cansado.
– Sopla todo lo que quieras – Se burló el tercer cerdito –. Mi casa es de piedra, no es de paja, ni de madera, como las de mis hermanos, no podrás tirarla a soplidos.
– Muy bien – respondió el lobo – os quedaréis sin casa.

Y el lobo sopló y sopló y volvió a soplar, y sopló y sopló, otra vez, y volvió a soplar, con más fuerza cada vez hasta quedarse extenuado. Y, como ya hemos dicho, el lobo no tenía muchas luces, así que tardó un buen rato y muchos intentos, en darse cuenta de que la casita ni siquiera se movía; así que se tumbó frente a la puerta, agotado y alicaído, pensando, mientras descansaba en cual sería la mejor manera de llegar hasta los cerditos. Pero no se le ocurría nada, y se dedicó a dar vueltas alrededor de la casa buscando la forma de entrar.

Mas la casa estaba muy bien construida, con ventanas pequeñas, por las que no se podía colar un intruso y sin puntos débiles que él pudiera atacar. Ya se estaba dando por vencido, cuando, al alejarse de la casa vio el humo que salía por la chimenea y pensó:”Esta es la mía, entraré por la chimenea, esta vez no se me escaparán estos pequeños cochinillos”. Y, dando vueltas alrededor de la casa, para que los cerditos no pudieran intuir sus intenciones, el lobo trepó al tejado, con muchas dificultades y no poco ruido, pues parece que este es el único lobo que no sabe que hay que ser gato para trepar. Menos mal que colarse por la chimenea no supuso mayor dificultad… salvo por que descendió muy deprisa y sin control, puesto que las piedras de la chimenea eran muy resbaladizas, precipitándose en un caldero de agua hirviendo, que los cerditos habían puesto a calentar, alertados por los estrepitosos ruidos que él mismo hizo al trepar al tejado.

Saltando y aullando de dolor, con sus posaderas y su rabo completamente escaldados, salió por la puerta que un sonriente cerdito mantenía abierta, mientras los otros dos se reían cruelmente de él. Huyó al bosque, buscó el río y metio sus cuartos traseros en él, aliviando así su dolor. Disgustado vió que su hermoso rabo, lo único que todavía conservaba un poco de lustre, había perdido el pelo en varios puntos y presentaba un aspecto lamentable. El lobo, enfurecido, planeó su venganza. Engañaría al cerdito más pequeño, el amo de la casa de piedra y se lo comería sin miramientos. Así se dedicó a explorar la zona y descubrió diversos huertos de hortalizas y tuberculos. Y pensó, le diré al cerdito donde están estos huertos y cuando esté distraido comiendo, seré yo quien se llene la tripa.

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