La historia del Lobo Feroz 4

PARTE II.1

¡Pobre Lobo Feroz! ¡Que desgraciado se sentía! Si es que, en el fondo no era malo, era lobo y tenía hambre… Y, es que, ¿Alguien conoce a un lobo vegetariano? ¿O a una oveja carnívora? Pues claro que no. Vaya tontería, por eso, el lobo, no es que fuera malo, es que era lobo y estaba hambriento.

Pasó varios días escondido en la madriguera de un castor muerto de viejo, que se fue comiendo de a poco para que le durara más, mientras se recuperaba de la paliza recibida en la casa de la Abuelita. ¡Que mal le había salido aquel asunto!, sólo de pensarlo de daban escalofríos, menos mal que al lobo, un ser tan básico, le valía con comer y dormir, aunque la comida fuera carroña de castor. A pesar de todo, a veces, le asaltaba la tristeza y pensaba en sus padres y sus hermanos y no podía evitar preguntarse porque el no presentaba los instintos de su padre o la inteligencia de su madre, porque no se parecía un poco más a sus hermanos y hermanas, lobos sanos y felices, de hermoso pelaje y fuerte presencia, cazadores expertos, que siempre tenían la barriga llena. Menos mal que estos momentos de reflexión duraban más bien poco, sinó tendría que buscarse un buen psicólogo y eso sería un poco complicado, porque para ello tendría que ser humano.

Volvió a salir cuando se acabó el castor. Hambriento y aún medio dolorido, volvió a internarse en el bosque en busca de algo que echarse a la boca y, he aquí, que ve a tres cebados cerditos, con sendos atillos al hombro marchando alegremente, mientras juegan y conversan, y así se entera que se han fugado de una granja al otro lado del río, que van en busca de fortuna, que quieren independizarse, construir sus propias casas y vivir su vida lejos de la cochiquera materna. Y piensa, “a estos me los como yo, son cerdos, no pueden ser muy listos, no son como los humanos, que hasta sus cachorros son de armas tomar, estos son cerditos de granja confiados, no saben lo que es un bosque, mucho menos lo que es un lobo”. ¡Ay, que equivocado estaba! Porque, si bien, los cerditos se habían escapado de casa, su madre les había advertido de todos y cada uno de los peligros que les aguardaban en el bosque, los había atemorizado cada noche contándoles lúgrubes historias sobre lobos, otras alimañas, y los peligros de abandonar la granja. Pero a ellos, lejos de atemorizarles esas historias, lo que hicieron fue despertar su afán de aventuras, sus deseos de conocer y explorar la vida más allá de la pocilga y la granja. Así que, una noche, despues de que su madre se durmiera, ellos se escaparon sigilosamente para vivir una aventura.

El lobo les seguía, pero cada vez ellos se iban alejando más, ya que él todavía se encontraba muy maltrecho, por lo que se quedó con su olor, y lentamente fue siguiendo su rastro. Y mientras perseguía a los cerditos, a paso de tortuga, aunque era un lobo, corto de luces, eso si, se iba recuperando, hasta que un día, se encontró en plena forma y dió alcance a los cerditos…. Sólo que no dió alcance a tooodos los cerditos, sinó sólo a uno de ellos, muy gordo y cebado, que vagueaba tirado en una hamaca, ante la puerta de una choza de paja, con una sonrisa feliz de satisfacción. Sonrisa que desapareció de su rostro en cuanto vió acercarse al lobo. En un santiamen, se metió en su casa de paja y cerró puertas y ventanas.

Lleno de temor, escuchó como el lobo llamaba a su puerta.

– ¡Cerdito, cerdito! – Bramó el lobo – ¡Ábreme la puerta! – Ordeno imperativo
– ¡No, que me comerás! -Respondió el aterrado cerdito.
– Pues si no abres la puerta, soplaré y soplaré y ¡tu casita derribaré! – Informó el lobo, que al tener el estómago siempre vacio, poseía una extraordinaria capacidad pulmonar. Aquí hay que puntualizar que el pobre lobo feroz, que de feroz, nada, en todo caso hambriento, se alimentaba muy amenudo de aire.
– Sopla todo lo que quieras – Se carcajeó el cerdo, pensando en lo tonto que era el lobo por pensar que tiraría su casa a soplidos.
– Muy bien – respondió el lobo – te quedarás sin casa.

Y sin más preambulos, llenó sus pulmones de aire y comenzó a soplar con tal intensidad, que al primer soplido, la casita empezó a temblar y, con ella, el cerdito en su interior. Al segundo soplido, la casa de paja se derrumbó sobre el cerdo, que consiguió salir de entre la paja chillando y corriendo como un galgo, huyó a la casa de su hermano, camino abajo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

986 65 13 49
Ponte en contacto conmigo, consultas por visa o personales.
Consulta por Whatsapp
695037878
  • 2 Preguntas = 1,79 Euros (sale a 0,895 por consulta)
  • 6 Preguntas = 4,49 Euros (sale a 0,748 por consulta)
  • 12 Preguntas = 7,99 Euros (sale a 0,665 por consulta)

    Pago por PAYPAL (IVA NO incl)
Consulta