La Historia del Lobo Feroz 3

PARTE I.3

El lobo empezó a seguirla a una distancia prudencial y pronto se dió cuenta de que Caperucita era una muchacha atolodrada y que sería muy fácil engañarla, ya que no estaba siguiendo las instrucciones que su madre le había dado. Su madre había dicho: no salgas del camino, y la niña apenas si lo seguia, persiguiendo mariposas y pajarillos. También había dicho: no te entretengas, que el camino es largo y despues no podrás volver con el día, y la chiquilla, se detenía cada dos por tres a recoger florecillas, mientras cantaba alegremente. Y pronto sabría si Caperucita obedecería la última orden de su madre: No hablar con desconocidos.

Cuando se hubieron alejado lo bastante de la casa, y ya se hayaban en una parte muy frondosa del bosque, el lobo salió al encuetro de la niña, adoptando formas de educado caballero:

– Hola, Caperucita, ¿Donde vas con esa cestita? – La chiquilla lo miró preguntandose si lo conocía, pues sabía su nombre, ya que Caperucita había pasado a ser su nombre cuando, despues de que su abuela le regalara aquella capa, todo el mundo dió en llamarla Caperucita, hasta el punto de olvidar el nombre que su madre la había puesto en su nacimiento.
– Voy a casa de mi Abuelita, que está enferma, a llevarle unos huevos, unas tortitas y una jarrita de miel. – Respondió confiadamente, dando por supuesto que si sabía su nombre era, sin duda, porque se conocían.
– Y vaya flores tan hermosas llevas, linda niña – Continuó el lobo tragando la saliba que llenaba su boca, sólo con pensar en el banquete que se iba a dar con aquella niña tan apetitosa.
– Son para mi Abuelita, para que su corazón se alegre y se recupere mejor – Explicó con soltura Caperucita Roja.
– Pero, ¡Ay, Caperucita! Te faltan las más hermosas, las flores rosas que hay en el prado al lado del río. – Se lamento el lobo. Era cierto, pensó la chica, llevaba flores de todos los colores, más rosas, no llevaba ninguna. Miró al lobo con carita angustiada y este tuvo que reprimir una carcajada ante lo fácil que era engañar a esta niña. – Si sigues por ese camino, además de llegar antes a casa de tu Abuelita, podrás recoger todas las flores que desees y encotrarás unas hermosas flores rosas, como las que crecen en el prado al lado del rio.
– Muchas gracias, señor – sonrió la jovencita inocente, agitando la mano y siguiendo el camino que le había indicado el lobo.

El lobo se regocijó de su ardid, por fin había tenído una buena idea, no sólo se comería a la niña, sinó también a la abuela, que aunque vieja, también debía ser sabrosa. Corrió hasta la casa de la Abuelita sin descanso y allí llegó sin aliento, a pesar de que sabía que Caperucita aún tardaría en llegar, pues el camino por el que la enviara era mucho más largo que el que había seguido él.

Tras descansar un momento junto a la puerta, llamó suavemente y simulando la voz de la niña, respondíó a las preguntas de la abuela, hasta que esta le ordeno pasar indicandole que estaba en la cama. No le resultó dificil engañar a la vieja, ya que estaba bastante sorda, además de medio ciega. Se acercó sigiloso a la cama y se abalanzó sobre ella, que a pesar de la edad, saltó despavorida de la cama en un intento infructuoso de huir. El lobo la tumbó y la tenía a su merced, pero la abuela se resistía, así que el lobo le golpeó la cabeza contra el suelo, hasta dejarla inconsciente. Entonces intentó hincarle el diente, pero la abuela era demasiado vieja, dura y correosa para comersela cruda. A punto estuvo, el hambriento lobo, de partirse un diente, en aquellos cueros pegados al hueso; así que, sin muchos miramientos, la arrojó en el armario y cerró la puerta. Luego, buscó un camisón y un gorro de dormir y, colocandose los lentes de la abuela, para completar el efecto, se metió en la cama.
No tardó en quedarse dormido, ya que la noche anterior apenas había dormido y la lucha con la abuela lo había dejado extenuado. Y durmió placidamente, soñando con ricos manjares, cuando los golpes en la puerta lo despertaron, allí se encontraba Caperucita, llamando a su abuela a gritos, ya que sabía que la anciana se encontraba medio sorda.

– ¿Quién llama con tanta insistencia que interrumpe mi siesta? – preguntó el lobo, simulando la voz de la abuela.
– Abuelita, soy yo, tu nieta Caperucita, que te traigo una cestita con unos huevos, unas tortitas y una jarrita de miel – Gritó la niña.
– Pasa, querida, pasa, estoy en la cama….

Y Caperucita entró en la casa, y despues de dejar la cesta en la cocina se dirigió a la habitación de su abuela con los brazos cubiertos de flores.

– Abuelita, mira que flores tan hermosas te traigo -canturreó
– Acercate, querida para que las vea mejor. – Respondió el lobo.
– Abuelita, que voz tan ronca tienes – La a habitación estaba bastante oscura, él se había encargado de entornar las ventanas para que la niña no pudiese reconocerlo; la muchachita apenas veía su silueta, mas tenía un oido estupendo y al momento se dió cuenta de que no era la voz de su abuela.
– Es que estoy muy resfriada, hija mía – respondió el lobo y la niña se tranquilizó pensando que se habría confundido. – Acercate a darme un beso, querida.

Caperucita dió un paso más hacia la cama, mientras sus ojos se habituaban a la escasa luz.

– ¡Abuelita que orejas tan grandes tienes! – Exclamó sorprendida, ya que no recordaba que su abuela tuviese semejantes orejas.
– Son para oirte mejor, hija mía – contestó el lobo con naturalidad.

Caperucita se acercó un poco más al lecho y distinguió los ojos del lobo, enormes en su cara flaca.

– ¡Abuelita, que ojos tan grandes tienes! – Casi grito, sintiendo una fuerte inquietud.
Son para verte mejor, querida mía – replicó el lobo, sonriendo levemente, gesto que hizo que la niña se fijase en lo grande que era su boca, y en lo afilados que tenía los dientes
– Ay, Abuelita – Dijo al fin, acercándose un poco más, como hipnotizada por aquella sonrisa – ¡Qué dientes tan grandes tienes!
– ¡Son para comerte mejor! – Bramó el lobo, saltando de la cama sobre ella. Pero Caperucita, aunque atolondrada e inocentes, tenía a su favor los reflejos de la juventud y esquivó al lobo, quién se quedó con un trozo de su capa entre los dientes.
– ¡Socorro, socorro! – Gritó la chiquilla, huyendo a trompicones por la casa. – ¡El lobo Feroz me quiere comer! – Ella fue quién bautizó a nuestro lobo, que de feroz nada, en todo caso, muerto de hambre. – ¡Auxilio, auxilio!

El lobo y Caperucita se enzarzaron en una atropellada persecución destrozando la pequeña casa de la Abuelita. Pero lo que el lobo no sabía, nuestro hambriento e ignorante lobo, corto de luces, es que aquella era la parte del bosque en la que los leñadores estaban trabajando; en su favor diremos que el pobre se hayaba muy lejos del bosque en el que había nacido, y en las prisas por llenar su dolorido estomago, no se había perdido en detalles al trazar el plan para comerse a Caperucita. Así que, un leñador que trabajaba allí cerca escuchó los gritos de la niña y destrozando a hachazos una ventana, se interpuso entre ella y el lobo, todavía vestido con las ropas de cama de la abuela. Ni que decir tiene, que se lió una buena, a partir de aquel día la Abuelita se tuvo que ir a vivir con su nietecita y no por vieja, ni por los golpes que le dió el lobo, sino porque su casa quedó completamente inhabitable.

Pero el lobo logró huir del inmenso leñador, por la misma ventana que este había roto para entrar, aunque no salió indemne, ya que el leñador, en ira justiciera le cortó con su hacha media oreja izquierda, la cual sangraba copiosamente. Y Feroz, pues ese fue el nombre por el que sería conocido desde entonces huyo rio arriba a lavarse sus heridas y buscar algún bicho muerto o vivo para comer. Tuvo suerte y se comió un pequeño gazapo que apenas tapó el hueco de su estómago.

 

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