La Historia del Lobo Feroz 2

PARTE I.2

Entonces, el cazador puso sobre los hombros de la niña una piel de oso, diciéndole que no se la quitase hasta salir del bosque ya que el olor a oso espantaría a otras alimañas y podría cruzar la espesura sin contratiempos. La niña le dió las gracias y corrió internandose en el bosque, cortando, a su paso, la trayectoria del lobo, que por un momento, se sintió completamente desorientado. Pero aquí no acaba la cosa, ya que el cazador, descargó su arco contra el ciervo que observaba atento la huida de la niña.

Aquello, si que alteró al hambriento lobo, vió como el objeto de su deseo se desplomaba inerte a sus pies y salió huyendo, como alma que lleva el diablo, presa del pánico, en dirección transversalmente opuesta a la que corría la niña. Corrió y corrió sin deternerse hasta llegar al borde de un río, al que casi se cae y a la orilla del cual se detuvo a descansar, lamentando su mala sombra. Si es que lo único peor que sus hermanos eran aquellos seres altos, cubiertos de pelo y aromas desagradables, que además portaban objetos extraños capaces de matar en la distancia. A estos seres, el lobo les temía más que a nada, pero… ¡Qué bien olían sus cachorros y que aspecto tan tierno y apetecible tenían!

En estas cavilaciones estaba cuando vió al otro lado del río a uno de aquellos cachorros sonrosados, ya un poco crecidito, pero aromático y hermoso. Llevaba largas trenzas doradas y una hermosa y llamativa capa roja que, además de los hombros le cubría la cabeza, enmarcando el bonito rostro… Aunque no tan bonito como el de la reina y mucho menos hermoso que el de la princesa. Era una muchacha mas bien rellenita y al lobo se le antojó apetitosísisma, y con el hambre clavada en su estómago se lanzo al rio dispuesto a seguirla y darle caza.

En ese preciso instante, apareció la madre de la muchacha, una mujerona alta y fuerte, con un hacha en la mano y un haz de leña al hombro, que llamó por la niña y marcharon juntas por el bosque, no tan espeso ya.

– Vamos, Caperucita, no te entretengas, pronto se hará de noche y aún hemos de llegar a casa – Así escuchó su nombre el lobo.
– No madre, te sigo los pasos. ¿Puedo despedirme de la Abuelita?
– Claro, querida, pero date prisa y no te entretengas, te espero aquí.

La niña se echó a correr hacia una casita pequeña que se vislumbraba un poco más lejos de la orilla del rio. El lobo la siguió y así supo dónde se hayaba la casa de la Abuelita.

– ¡Caperucita, Caperucita! – Llamó la mujer – apresúrate que se nos echa la noche encima y las alimañas nos saldrán al paso.
– Ya voy madre – respondió la niña.
– Además hemos de llegar pronto a casa, porque mañana tienes que traerle a tu abuela enferma, unas cuantas cosas – Así supo el lobo que al día siguiente tendría la oportunidad de hacerse con la niña.

Siguió a las dos mujeres hasta su casa y pasó la noche relamiéndose y explorando el bosque, porque aunque tenía pocas luces, como ya hemos dicho antes, no era tonto del todo, y buscaba el mejor lugar para tender una emboscada a la niña.

Al día siguiente allí estaba el lobo, al borde del bosque, esperando a Caperucita, para zamparsela en cuanto se presentara la ocasión. Escuchó, pacientemente las recomendaciones que la madre hacía a Caperucita y como, despues de besar y abrazar a la niña, la enviaba con una cestita a la casa de la Abuelita.

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